Sobre ruedas

Esta es la historia de cómo mi vida ha evolucionado desde que empecé a patinar. 

 

El primer contacto que tuve con algo relacionado con los patines, fue las navidades que me regalaron la Roly Patinadora, que mira tú por dónde, se llamaba . Para mí fue una alegría inmensa encontrarla en el trastero de mi abuela hace muy poco. No me acuerdo mucho de los ratos que pasaría jugando con ella porque era muy pequeña pero lo que sí recuerdo fue cuáles fueron los primeros patines que probé en mi vida. Eran unos que había en casa de mi abuela y que habían resultado ser el regalo de comunión de mi tía. Me puse uno de ellos en un pie y mi hermano el otro. Eran de aquéllos de hierro con tiras de cuero para atar el zapato, muy parecidos a los sancheski y creo que yo tenía unos siete u ocho años.

Tampoco sé muy bien por qué me encapriché de unos patines, pero el caso es que lo hice porque por aquél entonces los niños sólo pedíamos una o dos cosas a Papá Noel. Y a mí me los trajeron las navidades de antes de la comunión. Lo recuerdo perfectamente porque mi madre dijo “Estos patines te los han traído porque el tío los ha pedido para ti”, lo que significa que los compró él. Eran unos patines del Eroski, de esos negros de plástico con tres straps (los straps de mis patines eran morados y los de mi hermano azules). Me hice enseguida con ellos y patiné por la calle sin dificultades mientras que mi hermano mayor no se atrevía a levantarse. Me ponía a patinar por el larguísimo pasillo de casa de mi abuela y mi madre me decía que iba a molestar a los vecinos de abajo (¡pero mi abuela vivía en un primero! Y ella me dejaba disfrutar)

Luego llegamos a la comunión. Ahí fue cuando mis padres me llevaron al corte inglés a comprarme unos mejores. A saber lo que les costaron, pero una barbaridad, seguro, teniendo en cuenta que sería por 1998, que era el corte inglés y que eran unos ROCES. Tenían ruedas de silicona ¡Oh! Todo un avance, claro. Eran negros completamente, con guía de plástico y también tres straps. Lo único mal es que yo quería irme en patines a todas partes, por la ciudad, pero mi madre solo me dejaba usarlos en el parque de debajo de mi casa porque era peligroso. Qué buenos momentos pasé con esos patines… La última vez que los usé tenía catorce años (durante una época de rapera chunga que tuve, qué le vamos a hacer) y después de eso, se quedaron en lo alto del armario, sin más.

Fue mucho más tarde, el 21 de noviembre de 2009, cuando mi afición por patinar resurgió. No es que hubiese dejado de gustarme, pero la limitación a patinar por pistas cerradas no daba mucho para evolucionar. Ya hacía un año que residía en Valencia, en un piso de estudiantes, y en mi equipo de basket me dijeron que en el Palau de la Música la gente quedaba para patinar. Se trataba de una asociación llamada “valencia patina”. Se me iluminó la cara al escuchar eso de que un grupo de gente quedaba todos los viernes en un mismo lugar. Siempre había querido algo así, así que la siguiente vez que bajé al pueblo (Orihuela) rescaté mis patines y me los llevé a Valencia. Me animé a bajar un viernes sola, cosa de la que todavía me sorprendo, y recuerdo quedarme sentada en un murete recogiendo el valor que no tenía para poder acercarme a algún grupo y presentarme. Mis patines se habían quedado obsoletos comparados con los patines que llevaba la gente en ese entonces, pero para mí seguían siendo los mejores. Ni qué decir que eran una talla 42 porque antaño se recomendaba eso de dos tallas más, o “para cuando le crezca el pie que aún le dure”. Lo siento, pero yo nunca pasé ¡de una talla 40! Resumiendo diré que al final me quité la vergüenza y me presenté, y dos chicos me enseñaron lo básico para poder ir a la ruta; después me presentaron al resto de la gente por encima, encima y uno de ellos “el Tortu” me quitó el patín donde llevaba el freno, se lo llevó y me devolvió con el freno cortado. Así fue como hice mi primera ruta, la mejor que recuerdo, uno de los días más felices de mi vida. Conocer a todas esas personas, no tiene precio. Y suerte que las sigo conociendo. Por cierto, al volver de esa ruta he de reconocer que me animé a saltar bordillos y en una de aquéllas caí con la rabadilla directa al suelo. Me tragué todas las lágrimas por orgullo y salí airosa, pero con un dolor de culo ¡que al día siguiente no podía ni sentarme!

Y la cosa no paró de mejorar desde entonces. En enero de 2010 empecé con el Slalom. Como no tenía dinero me busqué unos patines de segunda mano que fuesen de mi talla y acabé en Castellón a por unos Fila naranja y blancos que compré por 30€ a una chica. Primero fue David el que me empezó a enseñar y luego Toni Castro (Seguro que muchos le conocéis. Actual campeón de España de Freestyle Slalom). Me lo tomé muy a pecho eso del slalom y como no había chicas que lo practicasen me propuse ser la mejor de Valencia. En los fila tuve mi primer rockering (gracias a la generosidad de Raygun, que me dejó unas ruedas más pequeñas). Le puse tanto empeño a eso del slalom que al final me hice daño en el tobillo por practicar cosas a lo bestia con un patín de Fitness. Fue entonces cuando David (Kraptor) me dejó sus SEBA FR1 para que probase y qué gustazo. Los usé muchísimo porque él tuvo una lesión de muñeca y me los prestó indefinidamente hasta que… una semana antes de mi primera competición me organizaron una encerrona en mi pueblo donde me regalaron unos patines “de verdad”. Los SEBA GT 2010.

Con ellos quedé tercera en la Battle Burgos Amateur en Marzo de 2010 y más tarde primera en la Battle Zaragoza amateur en Mayo 2010. Y pasé a categoría PRO, obligatoriamente. Participé en el campeonato de España Julio 2010 y quedé segunda (aunque tampoco es que fuésemos muchas participantes, todo hay que decirlo), en el OPEN de Valencia no pasé de primera ronda y la última competición de ese año fue en la Battle de Málaga, donde pasé por primera vez la primera ronda de PRO. Me personalicé mucho los patines, poniéndome las guías de vaca y pegatinas (entre ellas una que yo me hice de triki) Me encantaban esos patines, aunque me estaban un pelíiin grandes. Y entonces, empecé a trabajar en los 100 montaditos. Y todo cambió. Y mi tiempo se acabó. Sólo podía estudiar y trabajar, no me quedaba tiempo para mucho más… incluso tuve que dejar de jugar a baloncesto después de toda una vida practicando ese deporte.

Y aunque no tenía tiempo para el Slalom, en febrero 2011 me compré los HardCore Evo de Poweslide. Mis primeros patines 100% de Slalom. Me compré la talla 40 y todavía hoy me siguen haciendo daño en la punta, cometí un error por no esperarme a un número más, pero van bastante bien. Fue a Burgos ese año pero sólo a participar, no tenía intención de competir a buen nivel porque no lo tenía, pero al menos salí en la foto de la noticia de un periódico web. Entre tanto me compré también los FILA NRK para tener un patín para hacer rutas y calle, pero me acabé cansando de ellos y vendiéndolos porque con los Hardcore podía hacerlo todo.

Y en septiembre 2011 terminó mi etapa de competiciones en la IFSA de Barcelona. Llevaba mucho tiempo sin hacer nada, pero me convencí para ir y pedí una semana de vacaciones para preparar una ronda; ¿Y sabéis qué? Quedé tercera, y me llevé 200€ que me vinieron de lujo.

Y por último, tengo que hablaros de mis últimos patines y de cómo llegaron a mí. En agosto del pasado 2012 se me ocurrió que podría trabajar en Decathlon, en la sección de patines, así que me puse manos a la obra a preparar el currículum en cuanto me enteré de que iban a abrir uno en Valencia City y de que ya estaban llamando a gente. Me pasé una semana y media en los 100 Montaditos pegada al móvil por si me llamaban, tenía la certeza de lo que lo harían. ¿Sabéis eso de que si deseas algo con todas tus fuerzas, al final pasa? Pues pasó, y después de un montón de cosas que pasaron entre esa llamada y la entrevista, me seleccionaron. Y empecé a trabajar como vendedora de Nieve y Roller. Y por si fuera poco, también cogieron a Toni, y tuvimos la suerte de ser dos de los protagonistas de la celebración de apertura de la nueva tienda, participando con una exibición-coreografía de Slalom. Fue así como obtuve los patines. Me los dieron para el evento y desde entonces los uso para trabajar allí. Seguro que a casi todos los rollers os gustaría poder trabajar en patines. ¿O no? No lo he dicho, pero son los Freeride 5 Oxelo, a los cuales les he puesto ruedas de luces como ya habréis visto en algún video. Van de maravilla y espero poder rodarlos por mucho tiempo.

Los dos únicos novios “serios” que he tenido han sido patinadores, y lo siguen siendo; y los que no fueron “serios” también han acabado patinando. Me vida gira en torno a los rollers, más de lo que imaginaba…

Actualmente los ROCES están pasando de pies en pies, los Fila se los di a mi prima, los del Eroski murieron (solo se conservan los de mi hermano), los NRK los vendí como ya he dicho y los FR1 ya los devolví en su día a su dueño.

Esta es mi historia, perdonad por la parrafada ¡a los que hayáis tenido el valor de leerla!

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